Querido papá:
¿Cómo estás? Supongo que ya sabes quién soy, ¿no?
Soy aquella niña que abandonaste cuando apenas supiste de su existencia, parte de la mujer a la que hiciste sufrir al marcharte. ¿Ya lo recuerdas?
Soy tu hija.
Aunque no quiera admitirlo, lo soy. Hasta me parezco a ti en ciertos aspectos. Tengo tu nariz, mi cabello es casi igual al tuyo, e incluso mis ojos son tuyos. O eso es lo que mamá me ha dicho.
Pero no te confundas, no es que por tener tu sangre sea automáticamente tu hija. ¿Conoces aquella frase que dice: "Padre no es el que engendra, sino el que cría"?
Para ponerte al tanto, mamá encontró a un hombre que la ama a pesar de todo. Ese hombre sí es mi padre, porque desde que llegó a mi vida se comportó como un verdadero papá. Estuvo presente en mis primeros logros y fracasos, me apoyó en mis sueños y me ayudó a cumplir mis metas. Me dio un fuerte abrazo cuando ya no podía más. Él es mi papá.
No negaré que al principio te extrañé. Tengo hermanos, y al mirarlos sentía algo de envidia porque su padre nunca los abandonó, nunca los rechazó al enterarse de su existencia. Siempre los amó desde el principio.
Pero gracias a él, me di cuenta de que no necesito a una persona que comparta mi sangre para ser feliz.
Te escribo esto para aclararte que no te necesito. No te necesité durante quince años, lo estoy haciendo ahora que sé la verdad.
Para terminar, no te guardo odio ni rencor por el rechazo. Aunque suene estúpido, te doy las gracias, porque cuando te fuiste, me diste a un verdadero padre. Gracias a tu rechazo, pude encontrar un amor auténtico.
Gracias, papá.